—Claro que sí —le respondo mientras salto—. No todo tiene que tener sentido.
Rusa suspira. Siempre suspira cuando cree que estoy a punto de hacer algo poco serio.
—Tienes cosas en qué pensar. Responsabilidades. La vida no es un juego.
Salto otra vez. Más alto.
—¿Y quién decidió eso?
El trampolín se hunde bajo mis pies y me devuelve hacia el cielo por un segundo. El viento me despeina, las gafas se mueven un poco, y de pronto me estoy riendo. Esa risa que no pido permiso para sacar.
—Te estás olvidando de todo —dice Rusa.
—Exacto.
—Deberías estar pensando.
—Ya pienso demasiado.
Hay un silencio pequeño entre nosotras. Solo el sonido suave del trampolín y mi respiración acelerada.
—¿Y si alguien te ve? —pregunta Rusa al final.
—Que miren.
—Pareces una niña.
—Lo soy.
Y en ese momento siento algo abrirse dentro. Como si una puerta que casi siempre está cerrada se hubiera quedado entreabierta. La niña que fui —la que saltaba, corría, reía sin preguntarse si era apropiado— aparece sin timidez.
No pide permiso.
No se disculpa.
No se esconde.
Rusa me observa.
—No durará mucho —dice, más suave esta vez.
—Lo sé.
Doy otro salto, el más alto de todos.
—Pero mientras dure… déjame vivirlo.
Y por una vez, Rusa no responde.
Creo que también está sonriendo. ✨
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