lunes, 30 de marzo de 2026

Soltar

— Rusa…
— Te escucho.
— Hoy vengo a soltar algo.
Ella me mira en silencio. Sabe que no es cualquier cosa.
— ¿Qué vas a soltar?
Trago saliva.
— A alguien.
Sus ojos no se mueven de los míos.
— ¿A alguien… o la esperanza de que vuelva?
La pregunta me atraviesa.
— La esperanza.
El silencio pesa.
— Eso duele más que la despedida —dice ella.
— Lo sé.
Aprieto las manos sobre la mesa.
— Me acostumbré a esperar. A pensar que tal vez… mañana, o en otro momento… algo cambiaría.
— ¿Y ahora?
Respiro hondo.
— Ahora estoy cansada de vivir en un “tal vez”.
La Rusa asiente despacio.
— Entonces dilo.
— ¿Qué cosa?
— Lo que no te atreves a decir.
El pecho me arde.
Pero lo digo.
— Te dejo ir.
La frase cae entre nosotras.
Duele.
Pero también… libera.
La Rusa baja la voz.
— Ya está.
— ¿Eso es todo?
— Sí.
Hace una pausa.
— Lo que duele no es soltar… es aceptar que ya estabas sola.
Cierro los ojos un segundo.
Algo se rompe.
Algo también se abre.

sábado, 21 de marzo de 2026

El silencio

Hay personas que no se van…
se desvanecen.
Un día están, formando parte de tu rutina, de tus pensamientos, de tus planes más pequeños y de los sueños más grandes. Y al siguiente… silencio. Un silencio que no grita, pero duele más que cualquier despedida.
Porque cuando alguien se va sin decir adiós, no solo se lleva su presencia. Se lleva también las respuestas. Las explicaciones que nunca llegarán. Las palabras que merecías escuchar.
Te quedas ahí, repasando cada momento, buscando en los recuerdos alguna señal que te avise de lo que iba a pasar. Como si hubieras podido evitarlo. Como si el amor, el que diste de verdad, no hubiera sido suficiente.
Pero el amor no es el problema.
El problema es quien no supo sostenerlo.
Quien eligió el silencio en lugar de la valentía.
Quien prefirió desaparecer antes que hacerse cargo de lo que sentía… o de lo que dejó de sentir.
Y tú, que te quedas, tienes que aprender a cerrar una historia sin punto final. A despedirte sin haber sido despedida. A aceptar que algunas personas no saben amar de frente, pero sí irse de espaldas.
Duele, sí.
Duele porque fue real.
Porque lo sentiste.
Porque apostaste.
Pero también hay algo que no se fue con esa persona:
la forma en la que amas.
Y eso… eso nunca fue un error.

viernes, 20 de marzo de 2026

Rusa no me lo quita de la cabeza

Hoy no hay recuerdos bonitos.

No hay nostalgia suave.

Solo repetición.

Como si mi cabeza se hubiera quedado enganchada en el mismo lugar…

y Rusa no dejara de empujar.

No lo trae de golpe.

Lo repite.

Una imagen.

Otra.

Una frase.

Otra.

Y cuando intento apartarlo… vuelve más claro.

Más nítido.

Más presente.

Como si estuviera pasando ahora.

Rusa no me deja descansar.

Me hace pensar que debería haber hecho algo distinto.

Que quizá aún hay algo que no se cerró.

Que olvidarlo sería un error.

Y lo peor es que suena convincente.

Porque no grita.

No obliga.

Solo insiste.

Una y otra vez.

Hasta que ya no sé si soy yo…

o si es ella pensando por mí.

Intento distraerme.

De verdad lo intento.

Pero Rusa encuentra la forma de volver.

Siempre.

En una canción.

En una palabra.

En un silencio.

Y entonces lo entiendo.

No es que no pueda dejar de pensar en él…

es que Rusa no quiere que lo haga.

Porque mientras él esté aquí,

ocupando espacio,

doliendo,

ella sigue teniendo control.

Y yo…

yo sigo dando vueltas en el mismo sitio,

sin saber cómo salir

de algo que no deja de empezar otra vez.





Cuando Rusa no me deja soltarlo

Hoy iba a ser distinto.

Hoy no iba a pensar en él.

Pero Rusa no necesita permiso.

No pregunta. No avisa.

Se cuela.

Empieza suave, casi imperceptible.

Un recuerdo pequeño, una sensación en el pecho, algo que no duele del todo… todavía.

Y entonces insiste.

No con palabras claras, sino con esa certeza incómoda que se instala:

que no lo has soltado, que no puedes, que en el fondo ni siquiera quieres.

Intento distraerme.

Hacer cualquier cosa.

Pero Rusa aprieta.

Me empuja a mirar atrás.

A repetir escenas.

A quedarme justo donde más duele.

Y cuanto más intento salir, más me arrastra.

Porque Rusa sabe dónde tocar.

Me recuerda cómo se sentía.

Cómo nadie más ha llegado a ese lugar.

Cómo, incluso ahora, sigue teniendo un peso que no desaparece.

Y entonces lo mezcla todo.

El dolor con el cariño.

La ausencia con la necesidad.

Las ganas de estar bien con el miedo a olvidarlo.

Y ya no sé qué parte es mía.

Si quiero soltarlo…

o si lo que realmente quiero es dejar de sentir así sin tener que perderlo del todo.

Pero eso no existe.

Y Rusa lo sabe.

Por eso no se calla.

Por eso insiste.

Por eso vuelve una y otra vez al mismo punto, hasta que todo se vuelve ruido, hasta que todo se mezcla, hasta que pensar en él ya no es una decisión… sino un lugar del que no sé salir.

Y en medio de todo eso, lo peor no es recordarlo.

Es darme cuenta de que quizá…

no tengo fuerzas suficientes para dejarlo ir.




Y ahí empezó la lucha

Hubo un tiempo en el que me traicionaba en silencio.
Sonreía cuando quería gritar.
Me quedaba cuando quería irme.
Callaba para no incomodar.
Y me fui dejando… poco a poco.
Hasta que un día me miré y no me reconocí.
No era débil.
Era una mujer agotada de sostener lo que no la sostenía.
Volver a elegirme no fue bonito.
Fue brutal.
Fue sentarme sola con mis pensamientos.
Fue admitir que acepté menos de lo que merecía.
Fue reconocer que confundí amor con miedo a estar sola.
Mi soledad me enfrentó.
Me quitó distracciones.
Me dejó frente a frente conmigo.
Y ahí empezó la lucha.
La lucha por no volver a abandonarme.
Desde ese día, aunque tiemble… me soy leal.
#lachicadeltren



Desde mi

Hoy me veo desde otra perspectiva.

No desde el espejo.

No desde los ojos de nadie más.

Desde mí.

He pasado demasiado tiempo buscando respuestas afuera, esperando señales, intentando encajar.

Y entendí algo poderoso: el mundo no cambia cuando cambian las circunstancias… cambia cuando cambio la forma en que lo miro.

Hoy quiero mirar con ojos nuevos.

Sin miedo.

Sin exigencia.

Sin esa voz que me dice que aún no es suficiente.

Soy la mujer que ha sentido profundo, que ha caído y que sigue eligiendo levantarse.

Y eso ya es fuerza.

No tengo todas las respuestas.

Pero tengo decisión.

Y cuando una mujer decide mirar distinto,

todo empieza a transformarse. 

#lachicadeltren 




Aquí estoy

 Hubo un tiempo en el que pensé que la paz era no sentir.

Cerrar puertas. Apagar emociones. Sobrevivir.

Pero no.

La paz no llegó cuando dejé de llorar.

Llegó el día en que dejé de pelearme conmigo.

Me rompí en silencio.

Nadie vio cómo me reconstruía por dentro, pieza a pieza, con manos temblorosas y una fe pequeña.

Aprendí que sanar no es olvidar,

es recordar sin que duela igual.

Hubo noches largas, de esas en las que el alma pesa más que el cuerpo.

No sabía quién era ni hacia dónde iba.

Y aun así, algo en mí seguía respirando.

Volver a nacer no fue un acto grandioso.

Fue elegir quedarme.

Escuchar mi voz cuando todo era ruido.

Decirme “aquí estoy” cuando más lo necesitaba.

No soy la misma que antes.

Soy más lenta, más consciente, más real.

Tengo cicatrices, sí, pero también una luz nueva:

esa que solo aparece después de haberte roto… y haberte elegido.

Y si esto es volver a nacer,

entonces sí:

volvería a atravesarlo todo para encontrarme aquí.

#lachicadeltren



Esto no tiene sentido

 No sé en qué momento dejó de ser solo mi voz.

—¿Por qué estás tan callada hoy? —preguntó.

—¿Quién… eres?

—Mmm… ¿de verdad no me reconoces?

—No.

—Claro que sí.

Llevo contigo más tiempo del que crees.

—No… yo no hablo así.

—No siempre.

Solo cuando no quieres escucharte.

—Esto no tiene sentido.

—Lo tiene todo.

Soy la que aparece cuando todo se intensifica…

cuando sientes demasiado… o cuando no sientes nada.

—…

—Soy la que te empuja hacia arriba…

y la que te suelta cuando estás arriba del todo.

—Para.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque vivo aquí.

—…

—En ti.

—No quiero esto.

—No tienes que quererlo.

—Entonces, ¿qué eres?

—Ponme un nombre.

—¿Para qué?

—Para que dejes de perderte intentando entender qué te pasa.

—…

—Llámame como quieras.

—…

—Pero llámame.

Rusa.

—…

—¿Te gusta?

—No es cuestión de gustar.

Es cuestión de que ahora… ya sabes cuándo soy yo.

—¿Y cuándo soy yo?

—Esa es la parte difícil.

Desde entonces… ya no todo lo que pienso suena igual.

Ahora sé que, a veces…

es ella.



Rusa

No sé en qué momento empezó todo.

Ni cuándo dejó de ser solo yo.

Al principio eran días sueltos… emociones más intensas de lo normal, silencios más largos de lo que podía explicar.

Hasta que un día la sentí clara.

Ella.

La llamo Rusa.

Porque me sube sin avisar y me deja caer sin freno.

Porque hay días en los que me hace tocar el cielo… y otros en los que me suelta en mitad del vacío.

Rusa no siempre grita.

A veces susurra.

A veces se esconde y parece que todo está en calma… hasta que vuelve a girarlo todo otra vez.

Vive conmigo.

En mis pensamientos, en mi pecho, en mis días buenos y en los que cuestan respirar.

Y aunque no la elegí…

aprendí a nombrarla para no perderme dentro de ella




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