Hoy metí los pies en el mar.
El agua estaba fresca, pero no fría. Esa temperatura perfecta que te hace dudar un segundo antes de entrar… y luego ya no quieres salir. La espuma rodeaba mis pies mientras la arena se movía suavemente debajo, como si el mar respirara.
Caminaba despacio, descalza, sintiendo la brisa. No sabría decir si era fresca o cálida; era una mezcla de las dos cosas, de esas que solo existen en los días que empiezan a parecer verano.
Y entonces apareció esa sensación.
La misma que tenía cuando era pequeña y empezaba a llover. Ese impulso casi automático de saltar en los charcos, de chapotear sin pensar en nada más, de salpicar agua por todas partes y reír.
Hay placeres muy simples que nunca se van del todo.
Solo necesitan un poco de sol, un poco de mar…
y recordar que, a veces, mojarse los pies también es una forma de volver a jugar. 🌊
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