—¿Por qué no?
—Porque no eres así.
—¿Y cómo soy, según tú?
—Más tranquila. Más… correcta.
—“Correcta” suena aburrido.
—Suena segura.
—Rusa, estoy cansada de “segura”.
—Y yo estoy cansada de recoger los pedazos cuando decides improvisar.
—¡Pero improvisar es vivir!
—Improvisar es el motivo por el que luego te quedas despierta a las tres de la mañana pensando “¿por qué dije eso?”.
—Bueno… eso también es verdad.
—¿Ves?
—Pero tampoco quiero vivir con miedo a decir o hacer algo raro.
—No es miedo. Es control.
—Suena igual.
—No lo es.
—Rusa…
—¿Qué?
—A veces siento que no me dejas ser yo.
—Yo solo intento protegerte.
—¿De qué?
—De la vergüenza. Del rechazo. De arrepentirte.
—Pero también me estás protegiendo de ser feliz.
—Eso es dramático.
—Tú empezaste.
—No, tú empezaste cuando dijiste “voy a ser completamente yo misma”.
—¿Y qué tiene de malo?
—Que el mundo no siempre es amable con eso.
—Pues entonces que el mundo se aguante un poco.
—Eres imposible.
—Y tú eres una controladora.
—Soy práctica.
—Eres una aguafiestas.
—Soy realista.
(Pausa)
—Rusa…
—¿Qué ahora?
—Si dejo de escucharte… ¿todo se vuelve un desastre?
—Probablemente.
—¿Y si solo te escucho a ti?
—Entonces todo será muy ordenado.
—¿Y aburrido?
—…un poco.
—Entonces hagamos un trato.
—No me gustan tus tratos.
—Tú me dejas ser un poco caótica…
—Y yo te aviso cuando el caos se vuelve incendio.
—Exacto.
—…
—¿Rusa?
—Está bien.
—¿En serio?
—Pero si empiezas a cantar en público otra vez, no me hago responsable.
—¡No prometo nada!
No hay comentarios:
Publicar un comentario