Hoy no hay prisa.
Estoy en la playa, vestida, tumbada sobre las piedras, dejando que el sol me encuentre. Cierro los ojos y siento ese calor suave en la cara, como si el día me estuviera abrazando sin decir nada.
El ruido del mar va y viene, constante, profundo.
Y por dentro todo empieza a calmarse también.
No siempre llega esta paz.
A veces la mente corre demasiado, a veces el mundo pesa más de la cuenta. Pero hoy no.
Hoy solo estoy aquí.
Respirando, escuchando, sintiendo el sol.
Pequeños instantes que no cambian el mundo…
pero sí cambian el día.
Gracias, Rusa, por estas treguas que saben a mar y a luz.
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