— Rusa…
— Te escucho.
— Hoy vengo a soltar algo.
Ella me mira en silencio. Sabe que no es cualquier cosa.
— ¿Qué vas a soltar?
Trago saliva.
— A alguien.
Sus ojos no se mueven de los míos.
— ¿A alguien… o la esperanza de que vuelva?
La pregunta me atraviesa.
— La esperanza.
El silencio pesa.
— Eso duele más que la despedida —dice ella.
— Lo sé.
Aprieto las manos sobre la mesa.
— Me acostumbré a esperar. A pensar que tal vez… mañana, o en otro momento… algo cambiaría.
— ¿Y ahora?
Respiro hondo.
— Ahora estoy cansada de vivir en un “tal vez”.
La Rusa asiente despacio.
— Entonces dilo.
— ¿Qué cosa?
— Lo que no te atreves a decir.
El pecho me arde.
Pero lo digo.
— Te dejo ir.
La frase cae entre nosotras.
Duele.
Pero también… libera.
La Rusa baja la voz.
— Ya está.
— ¿Eso es todo?
— Sí.
Hace una pausa.
— Lo que duele no es soltar… es aceptar que ya estabas sola.
Cierro los ojos un segundo.
Algo se rompe.
Algo también se abre.
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