se desvanecen.
Un día están, formando parte de tu rutina, de tus pensamientos, de tus planes más pequeños y de los sueños más grandes. Y al siguiente… silencio. Un silencio que no grita, pero duele más que cualquier despedida.
Porque cuando alguien se va sin decir adiós, no solo se lleva su presencia. Se lleva también las respuestas. Las explicaciones que nunca llegarán. Las palabras que merecías escuchar.
Te quedas ahí, repasando cada momento, buscando en los recuerdos alguna señal que te avise de lo que iba a pasar. Como si hubieras podido evitarlo. Como si el amor, el que diste de verdad, no hubiera sido suficiente.
Pero el amor no es el problema.
El problema es quien no supo sostenerlo.
Quien eligió el silencio en lugar de la valentía.
Quien prefirió desaparecer antes que hacerse cargo de lo que sentía… o de lo que dejó de sentir.
Y tú, que te quedas, tienes que aprender a cerrar una historia sin punto final. A despedirte sin haber sido despedida. A aceptar que algunas personas no saben amar de frente, pero sí irse de espaldas.
Duele, sí.
Duele porque fue real.
Porque lo sentiste.
Porque apostaste.
Pero también hay algo que no se fue con esa persona:
la forma en la que amas.
Y eso… eso nunca fue un error.
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