Hoy iba a ser distinto.
Hoy no iba a pensar en él.
Pero Rusa no necesita permiso.
No pregunta. No avisa.
Se cuela.
Empieza suave, casi imperceptible.
Un recuerdo pequeño, una sensación en el pecho, algo que no duele del todo… todavía.
Y entonces insiste.
No con palabras claras, sino con esa certeza incómoda que se instala:
que no lo has soltado, que no puedes, que en el fondo ni siquiera quieres.
Intento distraerme.
Hacer cualquier cosa.
Pero Rusa aprieta.
Me empuja a mirar atrás.
A repetir escenas.
A quedarme justo donde más duele.
Y cuanto más intento salir, más me arrastra.
Porque Rusa sabe dónde tocar.
Me recuerda cómo se sentía.
Cómo nadie más ha llegado a ese lugar.
Cómo, incluso ahora, sigue teniendo un peso que no desaparece.
Y entonces lo mezcla todo.
El dolor con el cariño.
La ausencia con la necesidad.
Las ganas de estar bien con el miedo a olvidarlo.
Y ya no sé qué parte es mía.
Si quiero soltarlo…
o si lo que realmente quiero es dejar de sentir así sin tener que perderlo del todo.
Pero eso no existe.
Y Rusa lo sabe.
Por eso no se calla.
Por eso insiste.
Por eso vuelve una y otra vez al mismo punto, hasta que todo se vuelve ruido, hasta que todo se mezcla, hasta que pensar en él ya no es una decisión… sino un lugar del que no sé salir.
Y en medio de todo eso, lo peor no es recordarlo.
Es darme cuenta de que quizá…
no tengo fuerzas suficientes para dejarlo ir.
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