A veces cierro los ojos y vuelvo allí.
Puedo sentir tus brazos rodeándome, el calor de tu piel, el sonido del mar delante de nosotros y esa calma absurda de creer que nada malo iba a pasar. Yo te miraba como se miran las cosas que uno piensa que serán para siempre.
Y míranos ahora.
Convertidos en distancia.
En silencio.
En recuerdos que solo me hacen daño.
No sabes cuánto te extraño.
Hay días en los que consigo distraerme un rato, pero siempre vuelves. Vuelves en los atardeceres, en las canciones lentas, en las noches donde todo pesa demasiado. Y entonces entiendo que perderte no fue solo perder a una persona… fue perder la única vida en la que realmente me sentía en casa.
Lo peor es que aún puedo sentirte conmigo algunas veces.
Como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en aquel instante, abrazándote fuerte, sin imaginar que estaba viviendo uno de los últimos momentos felices de mi vida.
Ojalá hubiera sabido que eras tú mientras todavía te tenía.
Ojalá hubiera abrazado más fuerte.
Ojalá el amor hubiera bastado.
Pero no bastó.
Y desde que te fuiste, hay algo dentro de mí que ya no volvió nunca más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario